Corría el año 2002. Yo vivía en París, pero Madrid me llamaba con frecuencia. En uno de los viajes para atender este llamado, descubrí un bar que no se parecía a ningún otro: Suristán. El sufijo persa -stan, ese que aparece en Kurdistán, Afganistán, Pakistán, precedido de la palabra Sur, construía algo más que un nombre: construía un territorio imaginario. Un lugar de los sures del mundo.
Y la música lo demostraba.
Tuve la fortuna de vivir sus últimas semanas. Suristán cerró sus puertas en 2003 y con él se fue algo difícil de reponer: un espacio donde se mezclaban personas, músicas, olores y sabores de múltiples horizontes. Era común escuchar un flamenco seguido de un son cubano, una marrabenta de Mozambique, un raï de Argelia, la fuerza de un yembé de Mali o la delicadeza de la kora de Senegal. Sonaba la cumbia, el dabke, el currulao, el samba, la música andina, la plena puertorriqueña y el choro. Se bailaba reggae, calipso, zoukoús, entre muchos otros ritmos. No era solo un bar. Era un lugar donde se viajaba a muchos lugares en una sola velada.
El bar cerró, pero con él no desaparece el espacio imaginario. Suristán existe. No en ningún mapa, no en ninguna guía, pero existe. Este viaje a África me lo ha confirmado de una manera que va más allá de la metáfora. En Essaouira, en Nairobi, en Maputo, en Guapi, he reconocido algo que ya conocía sin saberlo. Un pulso, una forma de compartir alrededor del sonido, la danza, la comida. Una manera de vivir en la que se celebra el momento y el estar juntos, donde la risa y el llanto conviven.
Suristán no es un lugar geográfico. Es una condición del alma
Veinte años después de aquellas veladas en la Calle de la Cruz, me embarqué en un viaje que resultó ser una de las experiencias más fuertes de mi vida. Tres meses, tres países, un continente. Marruecos, Kenia, Mozambique. Y en cada lugar, sin buscarlo, Suristán apareció.

Suristán guarda algo que muchos países llamados «desarrollados» han ido perdiendo en su afán de productividad y de centrar todo en el consumo. Suristán mantiene una relación viva con su memoria tradicional, con la verdadera IA: la Inteligencia Ancestral. Una inteligencia que no necesita servidores, no consume energía eléctrica y no tiene dueño. Que vive en los cuerpos, en las cocinas y en las canciones.
Suristán alberga casi tres mil millones de personas y buena parte de la riqueza natural del planeta. Y sin embargo, no aparece en ningún índice de prosperidad. Quizás porque la prosperidad que conoce Suristán no cabe en ningún índice. No es material, es espiritual.
Empecemos por la comida. En Suristán comer no es solo abastecerse. No es un trámite. No es combustible para producir más. Es un ritual que lleva tiempo, ingredientes locales, condimentos y sabiduría acumulada durante generaciones. Es un momento de celebración y de encuentro en el que compartir no es una opción, es la norma. Alimentarse no es un acto individual, es una experiencia colectiva con una bandeja al centro de la mesa donde propios y extraños son bienvenidos. Es una forma de decir aquí nadie sobra, aquí todos caben.

En Suristán el cuerpo no es un objeto. No es una talla, no es una medida, no es una imagen. El cuerpo en Suristán es un instrumento, tal vez el más importante de todos, y, como todo buen instrumento, lo que importa no es su forma sino lo que es capaz de construir y de expresar. En Suristán se baila desde el vientre hasta que el cuerpo aguante e incluso después, si las piernas ya no aguantan, se baila con la sonrisa y el brillo en los ojos. Se baila con el cuerpo que se tiene, con el peso que se carga, con la historia que se ha vivido. Se baila para expresar la alegría y también para soportar el duelo. La danza en Suristán es diversa. Cada cuerpo trae su propio acento, su propia memoria, su propia forma de interpretar el mismo ritmo. Esa diversidad no es tolerada. No se respeta, se celebra.
En Suristán cuerpos, tambores, melodías y voces construyen una relación única. No es entretenimiento. Es una conversación antigua entre el cuerpo y algo más grande que el cuerpo. La música en Suristán no se escucha desde afuera, se entra en ella, como se entra en el mar. Sin puerta, sin escalón. Y una vez dentro, algo cambia. El ritmo reorganiza el cuerpo. La melodía abre lo que estaba cerrado. El ritmo dice lo que las palabras no pueden, y el cuerpo, casi sin decidirlo, se mueve.
Suristan te lleva a un estado, que es tal vez el estado que llevo persiguiendo toda mi vida y creo que seguiré persiguiendo siempre. Lo he vivido en el Petronio en Cali, en la costa Caribe escuchando un bullerengue, en Puerto Rico compartiendo con los pleneros, en Essaouira escuchando a los maestros gnawa y en Mozambique escuchando la timbila. Ese estado donde voces, melodías y tambores se vuelven uno y resuenan con el alma. Un instante donde todos los pensamientos desaparecen, el cuerpo se entrega al movimiento y músicos, cantadores y bailadores entran en comunión.

En Suristán a ese estado no se le explica. Se le espera
Todo esto tiene un sentido profundo. En este viaje no he descubierto nada nuevo, he confirmado cosas que siempre estuvieron adentro. De pequeño mi mamá me repetía una frase que entonces entendía a medias y que hoy cobra todo su sentido: “no se trata de tener más sino de necesitar menos”. Suristán lo vive. No como filosofía declarada sino como práctica cotidiana, como forma natural de estar en el mundo.
Porque tener más no sirve de nada si no hay con quién compartirlo. Si no hay comunidad. Si no hay una mesa donde sentarse, una música que nos mueva a todos al mismo tiempo, una historia que contar y alguien que quiera escucharla.
La alegría más grande ocurre cuando entramos en ese ciclo de dar y recibir, enseñar y aprender, pregonar y responder, cocinar y disfrutar, cuidar y ser cuidado. Todo en Suristán tiene esa misma esencia, ese mismo movimiento de ida y vuelta que no se detiene. La cumbia que pregunta y responde. El cocinero que da y el comensal que recibe. El maestro gnawa que llama y la comunidad que contesta.
No es generosidad en el sentido moderno. En Suristán es simplemente la norma. La estructura misma de la vida. Y todo eso tiene un nombre. No es un concepto filosófico ni una teoría del bienestar. Es algo más simple y más antiguo. Es estar juntos.
Edgar y Ana

Deja un comentario