Cuando Ana y yo decidimos emprender un viaje de tres meses por África, lo hicimos empujados por una incomodidad, que ni en ese momento ni ahora sabemos nombrar del todo. Vivimos en un tiempo saturado, en el que no cesan las promesas de que una inteligencia ajena, externa y optimizada, está por resolverlo todo. El mundo corre a ciegas tras una eficiencia que nadie entiende a profundidad, pero todos se empeñan en adoptar lo más rápido posible. Nosotros sentíamos la necesidad urgente de buscar algo que no fuera en esa dirección y experimentarlo con el cuerpo.
Llevamos casi un mes recorriendo Marruecos. Lejos de las noticias y el ruido, sumergidos en una sociedad donde el tiempo se mide y se experimenta de otra forma. En Fez, la ciudad medieval habitada más grande del mundo, el aire huele a cedro, a especias y a la humedad de las curtiembres. Allí el valor de lo humano se vuelve tangible en cada esquina. En las distintas plazas que componen su medina, vimos artesanos labrar sobre cobre figuras de una complejidad matemática, sin guías externas, sin moldes, sin algoritmos. Guíándose únicamente por la memoria muscular y visual que ha pasado de mano en mano durante generaciones. En las curtiembres, más de mil familias mantienen vivo el cuero usando tintes naturales y técnicas preservadas desde hace siglos. Aquí no se habla de eficiencia ni de automatización. Todo transita con una paciencia sagrada y un respeto profundo por la materia y la técnica. Ya lo intuíamos, pero necesitábamos vivirlo. Estos oficios: tallar la madera, moldear la cerámica, labrar la tierra, hacer los instrumentos e interpretar la música son mucho más que un trabajo. El artesano no produce un resultado: vive un proceso. Para él, el error no es un fallo del sistema, sino la huella misma de su humanidad. Lo que para occidente es cultura, para estas comunidades es su cotidianidad. En Marruecos se vuelve obvio que la inteligencia sin experiencia física es sólo un simulacro. Una sombra que nunca podrá oler el cuero, embarrarse de arcilla ni sentir el calor del fuego.
Al entrar a Marrakech y adentrarnos en el rugido de Jemaa el-Fna, la plaza principal de su medina, el ruido y el humo y la densidad de los cuerpos nos arrollaron. Esta plaza no es un escenario, es un organismo vivo. Fue el antiguo punto de encuentro de las caravanas que cruzaban el desierto cargando especias, minerales y oro, y con ellas todos los relatos de lo que significa navegar semanas entre las arenas del Sahara. Los cuenteros mantienen en vilo a cientos de personas por unas monedas. Los encantadores de serpientes hacen sonar sus flautas y las cobras logran su posición característica. Los músicos gnawa animan a propios y visitantes con el guembri, las qraqeb y el tbel en una polirritmia que no nos era del todo desconocida. Sus cantos responsoriales nos detuvieron en seco. Hay algo en esa forma de llamar y responder, en esa conversación entre el maestro y el coro, que viaja más allá de las fronteras y el idioma. Nos recordó las noches de arrullo en el Pacífico colombiano, la marimba de chonta, los repiques de los cununos y las voces que se entrelazan en un mismo pulso colectivo. En ese momento entendimos algo que también presentíamos: que este viaje no era solo hacia África. Era también un regreso. Una forma de vivir y recordar por qué culturas separadas por el océano guardan en su esencia las mismas memorias.

Pasados los primeros días de medina, murallas y mercados, decidimos cambiar de registro. Queríamos ver cómo esa herencia milenaria late hoy en una ciudad que parece vivir en varios siglos a la vez. Tuvimos suerte: justo esos días se celebraba una bienal de arte en la ciudad. En nuestra tercera noche en Marrakech terminamos en un bar donde se anunciaba el lanzamiento de varias actividades artísticas. Un Dj mezclaba raï con música electrónica. El raï es la música popular del norte de Argelia, principalmente de Orán: una expresión directa que habla de amor, de odio, de resistencia y que fusiona ritmos tradicionales e instrumentos folclóricos con baterías eléctricas y sintetizadores. El equivalente argelino de la cumbia o el vallenato en Colombia. Música de periferia, de juglares de otros tiempos, que hoy grupos como el Besta recuperan con una urgencia nueva.
El avanzar de la noche, el ambiente de fiesta y la música que crea complicidades hicieron que empezáramos a hablar con nuestro vecino de barra. Mouad, artista visual de Casablanca viviendo en Marrakech, quien dedicó la noche a ayudarnos a descifrar lo que veíamos: quiénes eran los artistas en escena, qué significaban las letras que gritaban en dariya, por qué ese ritmo nos ponía a todos a bailar sin que nadie lo hubiera decidido. Esa velada terminó con la promesa de encontrarnos al día siguiente y la corazonada de que Mouad podía mostrarnos la ciudad que no estaba en las guías, y así fue. Al día siguiente nos invitó a la inauguración de lo que resultó ser el eje central de la bienal: una exposición colectiva de trece artistas jóvenes marroquíes titulada États de Passage. Trece miradas sobre los distintos estados de la vida, el pensamiento y la espiritualidad. El título nos golpeó. Era exactamente lo que estábamos viviendo. En el camino Mouad se encontró con Sarah, una periodista que cubre la escena cultural de Marruecos. Los cuatro recorrimos juntos el riad donde se llevaba a cabo la exposición. El lugar en sí mismo era una obra de arte: la exuberancia árabe mezclada con un toque moderno europeo, un espacio que no pedía disculpas por ser las dos cosas a la vez. Cientos de personas transitaban sus corredores. No sabíamos bien si por un genuino interés en el arte, por la estética del espacio o por la barra libre en un país donde el acceso al alcohol sigue siendo restringido. Probablemente por la mezcla de todo lo anterior, como casi todo en Marruecos.
De nuevo sonaron las mezclas de música árabe y electrónica, los asistentes, entre los que se encontraban varios de los artistas expositores, recorrían animados comentando intenciones, técnicas y dificultades detrás de sus obras de aire contemporáneo y disruptivo. La tradición apareció en la breve pero impactante intervención de un grupo de música berebere que por unos minutos inundó de ambiente sahariano este espacio de paredes árabes y humor europeo. Y entonces pasó lo que pasa cuando estás en el lugar correcto con las personas correctas: la conversación se abrió sola. Hablamos del arte en Marrakech, de las tensiones del país, de cómo conviven aquí las tradiciones con la modernidad. Y llegamos, inevitablemente, a la inteligencia artificial. Tema imposible de evitar. Tema que, curiosamente, nos había traído hasta aquí. Lo que dijeron Mouad y Sarah esa noche no fue muy distinto a lo que hemos escuchado en Colombia: asombro y angustia en la misma frase. Fue imposible no vincular esas palabras con la exposición que acabábamos de ver: trece artistas hablando de tránsito, de maduración, de experiencia acumulada. Todo lo contrario a una inteligencia instantánea, sin historia, sin cuerpo.
Llevamos años escuchando la misma promesa: que la tecnología nos liberará del esfuerzo, que la eficiencia es el camino, que más rápido es mejor. Y ahora la promesa ha mutado: ya no se trata solo de automatizar tareas sino de automatizar el pensamiento. De reemplazar no el trabajo de las manos sino el trabajo de la mente. El problema es que nadie nos explica, posiblemente porque aún nadie lo entiende, qué quedará de nosotros cuando eso ocurra. Porque hay algo que esta historia no cuenta. La inteligencia humana no es solo procesamiento de información. Es el resultado de todo lo que nos ha costado. Del error que dolió, de la duda que no nos dejó dormir, de la decisión que nos llevó semanas tomar. De los años que tardamos en entender algo que después pareció obvio. Separar el conocimiento de ese recorrido no es una mejora, es una amputación.
Si mañana nos fuera posible conectar nuestro cerebro con una fuente de conocimiento infinito e instantáneo, ¿lo haríamos? Todo lo que existe, disponible al segundo, sin esfuerzo, sin espera. Suena tentador, pero detrás se plantan varias preguntas aún más incómodas: ¿Seguiría siendo propio ese conocimiento? ¿Qué significa saber algo que no nos costó nada? ¿Qué significa llegar a un lugar al cual nunca caminamos?
Los artesanos, los músicos, los místicos son conscientes de algo que se repite mucho pero se interioriza poco. No se trata del resultado, se trata del camino, del proceso. Y ahí está la trampa de fondo. En lugar de preguntarnos cómo queremos vivir, nos preguntamos cómo podemos producir más. En lugar de preguntarnos qué tipo de humanidad queremos construir, nos preguntamos qué tan rápido podemos escalar. La velocidad, la eficiencia se han convertido en un fin, en un camino en sí mismo, sin que nadie pregunte hacia dónde.
Después de una larga y significativa conversación, nos despedimos de Mouad y Sarah con el deseo de que no sea el último encuentro y la certeza de que algo importante había pasado. Recorrimos una vez más las calles de Marrakech entendiendo que los viajes no se miden por los lugares que se visitan, sino por las conexiones que se tejen. Nos sentimos, una vez más, profundamente agradecidos por este encuentro.
Edgar y Ana

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