Una lengua que se habla en goles
Lavapiés es el barrio más multicultural de Madrid. Su ubicación en pleno centro, su ambiente bohemio y un proceso de gentrificación más pausado que en el resto de la ciudad manteniendo asequibles los precios de los alquileres, lo han convertido en una zona cómoda para los inmigrantes, muchos de ellos africanos en especial marroquíes y de otras nacionalidades subsaharianas, en la que incluso funcionan varias de las sedes de sus redes de apoyo. Esto hacía que fuera el lugar más atractivo para pasar los escasos días en Madrid, aprovechar la coincidencia de fechas y ver allí la final de la CAN (Copa Africana de Naciones) que veníamos siguiendo desde Colombia y que disputaba su último partido entre Marruecos y Senegal, nuestra segunda noche en la ciudad. Luego de una tarde fantástica, de reencontrarse con amigos de vida que además de acompañar el recorrido lo alimentaron con historias de los barrios, acontecimientos culturales, matices políticos y por supuesto con el cotilleo típico español que le da a la historia un divertido matiz de novela, terminamos de vuelta en Lavapiés ubicando cualquier restaurante de alguno de los países en disputa que tuviera televisor. Por supuesto, avanzada la noche y empezado el partido, no había lugar en ninguna parte, pero fue igualmente interesante ver a los seguidores agolpados en las puertas y sentirse arropados por un halo nacionalista que los cobijaba a pesar del frío. Al final de un partido, que al parecer no estuvo libre de polémica pues ayudaron a uno, pero terminó ganando el otro, los senegaleses llenaron la plaza del Casino de la Reina para unirse en una sola alegría. Lejos de su país, en muchos casos ilegales y discriminados, este triunfo les permitió abrazarse a su bandera y sus vecinos en la misma situación. Los estudiantes jóvenes que nos cruzamos gritaban mañana no hay escuela, mientras los más grandes seguían la celebración a pesar del trabajo en unas horas. Los pitos, los gritos acompasados, las cornetas de los carros y las vivas duraron hasta entrada la madrugada en la que, mucho sin pasar por casa, volvieron a la vida real. Mucho se ha dicho sobre el fútbol, las pasiones que despierta, el negocio que representa y su poder de convocatoria, pero sin duda esa noche fue un lenguaje de alegría y pertenencia para los que en aquellos goles de verdad sintieron que ganaban algo.
Codificado en modo frigio

Dejar Granada no fue fácil. Esa ciudad envuelve en su magia, y en especial las calles del Albaicín y los caminos del Sacromonte inundados de esencias e historias logran echarte encima un conjuro del que uno no se desprende sino que dobla, mete en la mochila y aprende a cargar y disfrutar en lejanía. Para mí ese sortilegio está compuesto de una noche de tablado en medio de la lluvia, de entrar destilando gotas del invierno español a la cueva de “Los Amaya”, acomodarse en las estrechas sillas ubicadas en U, recibir una copa de vino de la casa y disponerse a ver el espectáculo. Las primeras notas de la guitarra magistralmente interpretadas por un hombre curtido en la vida y el oficio te ponen en sintonía, pero al entonar el primer cante y oír en la voz de la maestra las notas de La Tarara, una canción que sin saber de su origen yo escuché a mi mamá cantarme en mi primera infancia a modo de canción de cuna, no pude más que dejar escurrir las lágrimas. A partir de ese momento la noche no fue otra cosa más que un goce entre cantes flamencos y bailes magistrales. Más adelante, según me introdujo la cantaora y luego investigué, descubrí que la tarara es una canción popular del medioevo con raíces judías y árabes que popularizó Federico García Lorca y llevó al folklore flamenco Camarón de la Isla. Un origen para mi lejano traducido en un idioma que con diversos matices y contextos nos es común a todos: la música. No hay, en mi concepto, manera más hermosa y universal de comunicación entre los pueblos
Es con estos dos lenguajes en el cuerpo que el viaje continúa. El camino igual promete más “dialectos” memorables. Y es que tiene algo de poético recorrer en unos meses el trayecto “de vuelta” que les tomó siglos hacer a los seres humanos en su ida: de Colombia a España, los conquistadores. En España visitar Granada, baluarte árabe de la península Ibérica, y de allí seguir a África por Marruecos, lugar de origen de los árabes del Reino Nazarí granadino. Y aquí una salvedad, este recorrido no tiene ninguna pretensión de estudio de ciencias sociales, no hay en él objetivos sociológicos ni hipótesis a contrastar, pero no deja de ser bello en su significado más simple, pensar que se camina al revés.
La risa entre muchas lenguas

Otra de las decisiones de la ruta fue entrar a África, origen del hombre y cuna de su civilización, por su puerta árabe Bab Arabi en idioma local. Para esto desde Granada el trayecto fue en bus hasta Tarifa y de ahí tomar un ferry que surca los 14 km del estrecho de Gibraltar en una hora, hasta el puerto de Tánger en Marruecos. Lo primero que impresiona es lograr ver un continente desde la orilla del otro, ahí se dimensiona que la palabra estrecho no es una metáfora sino una descripción bastante acertada del accidente geográfico y la distancia que media entre ambos puertos. Lo segundo que llama la atención es la facilidad del trámite fronterizo que puede realizarse al interior del ferry y toma poco menos de 5 minutos, esto teniendo en cuenta lo atractivo de la frontera para alcanzar Europa, solo se explica por la renovación de los acuerdos migratorios entre ambos países en 2023, con un significativo reforzamiento de la vigilancia de la migración irregular y el tráfico de personas. Entre otras medidas y como parte de los acuerdos de cooperación eliminaron la visa para varios países incluido Colombia, que requería de 45 días para su solicitud y fue el motivo para cancelar nuestro primer intento de visitar Marruecos hace 4 años.
La primera caminata por Tánger fue igualmente un empezar a descubrir el mundo desde otra esquina, otro lenguaje y otros códigos. Desde el puerto hasta nuestro lugar de hospedaje pasamos de cruzar una avenida de 4 carriles a una calle estrecha en la ciudad guardada al interior de la muralla, en la que solo es posible caminar en fila india. La Medina amurallada es un conjunto habitacional laberíntico y denso que marcó el centro de la ciudad en su origen, dentro del que viven aproximadamente 230.000 personas de las casi un millón que residen en la ciudad. Además de casas, la medina aloja el zocco o mercado, ordenado por zonas y categorías en el que conviven artesanos, sastres, puestos de comestibles y especias, restaurantes tradicionales, carnicerías, cafés y, por supuesto, mezquitas. Por los callejones angostos e invadidos de mercancías, los sentidos se llenan de colores, de miles de texturas, olores, sabores y acentos que intentan seducir para poder cerrar la venta. El árabe local y el francés que da cuenta del protectorado se mezclan con frases sueltas en inglés aprendidas para los turistas y un español chapuceado a fuerza de la cercanía, que aparece cuando con oído experto detectan que por ahí va tu historia. Los vendedores en su necesidad cotidiana se arriesgan a adivinar tu origen leyendo tus rasgos cuando luego de cuatro días de pasearse diciendo no, caminas con silencio intencional para evitar el asedio. En el recorrido escuché que me hablaban en italiano, alemán, portugués e incluso a alguno lanzó un konichiwa y no pude más que soltar una carcajada para comprobar de nuevo que en medio de todos los idiomas, es la risa la que funge como esperanto, crea un estado cómplice entre “acosador y acosado” y libera todas las tensiones.
Recuperar la escritura para no perder la lengua

El tren empieza su movimiento y Tánger se va haciendo pequeña por la ventana del asiento que compartimos con una mamá y dos niños pequeños que nos miran con ojos atentos cuando se dan cuenta de que no entienden nada de lo que decimos. En las 5 horas del trayecto irán describiendo el paisaje, surtiendo pequeñas peleas que terminan con unas palmadas y nombrando las paradas de recorrido hasta que el letrero nos muestra que llegamos al destino. Fez es la tercera ciudad más poblada de Marruecos, luego de Casablanca y Rabat, y es considerada su centro cultural y religioso. La medina de Fes, llamada Fès el-Bali, es la ciudad medieval peatonal más grande y poblada del mundo. Perderse en ella es parte de la rutina incluso con el GPS y por esto en cada esquina encuentras chicos que quieren indicarte el camino a cambio de monedas o quieren confundirte aún más si rechazas la oferta. Para lograr orientarse, sin contratar los servicios de estos guías improvisados, siempre se recurre a los nombres de las calles y con esto intentar descifrar la ubicación en el mapa. Es en ese momento que algo resalta de nuevo en la mirada pues las placas en las paredes, además de tener algunas formas de rectángulo y otras de hexágono, muestran una tercera escritura además del árabe local y el francés colonizador. Unas formas que se distinguen desde la muralla y de las que solo hasta este momento se evidencia su omnipresencia en todos los letreros oficiales. Además de entender que los hexágonos señalan calles cerradas y los rectángulos calles que tienen salida, la explicación de alguno de los chicos aclaró que el tercer alfabeto correspondía a la lengua Tifinagh o Bereber, una lengua de la familia de lenguas afroasiáticas hablada por los grupos Berbere, también conocidos como Amazig de África del Norte y que se estima aún conservan más de 25 millones de personas, 13 de estos en Marruecos.
Los estudios arqueológicos ubican la primera evidencia del uso de la lengua en el siglo III a.C. Luego con la expansión del Islam en el norte de África se dio una sustitución lingüística en favor del árabe, relegando el Tifinagh a unas pocas comunidades. En épocas recientes, organizaciones y movimientos culturales como el Congreso Mundial Amazigh han abanderado proyectos para su preservación, consiguiendo que vuelva a usarse en comunicaciones oficiales, que el alfabeto se incluya en la enseñanza pública y logrando su reconocimiento como lengua oficial en la constitución de 2011. Un logro que claramente puede leerse en todos los letreros de las calles y que convirtió una lengua condenada al olvido en un idioma oficialmente reconocido que además traduce la cultura viva y milenaria que narra.
Una noche, cansados de luchar con el GPS, abrumados por el bullicio, el hacinamiento, el constante agite al interior de la medina y nuestro escaso espacio en la habitación del riad, decidimos salir de la muralla y caminar sin rumbo fijo solo para disfrutar del aire. Sobre las aceras de toda la ciudad es común ver los cafés con mesas para dos personas, en la mayoría de los casos dos hombres, con ambas sillas orientadas a la calle. Pero esta noche las sillas tenían otra disposición y estaban giradas hacia una pantalla gigante que transmitía el partido del Real Madrid – Benfica. Al detenernos un momento para ver el resultado, la hospitalidad árabe no se hizo esperar y nos ofrecieron sentarnos. Pedimos las bebidas de rigor: dos botellas de agua y nos dispusimos a ver los últimos 20 minutos del partido. Siendo yo la única mujer del lugar y más interesada en observar su dinámica que en lo que pasaba en la cancha, noté que realmente el esparcimiento en los lugares públicos de una ciudad tradicional como Fes es bastante exclusivo para los hombres. Que logran vivir las emociones del juego a punta de café, agua y cigarrillo, el licor está regulado por el Corán pero el humo no, y que contar con un jugador de origen marroquí en la cancha, Brahim Díaz, es solo una excusa para juntarse y pasar el rato en el bar de la esquina alejados de la rutina doméstica. Las calles de Tánger y Fes aún exhiben la publicidad de la Copa Africana de Naciones y no es un detalle menor que el Mundial de Fútbol de 2030 será disputado en este país, con todo y la polémica por la millonaria inversión en estadios y hoteles mientras hospitales y vías públicas están desfinanciados, pero al ver a mis “vecinos” gritar, hermanarse frente a la pantalla y por 90 minutos olvidar todo lo demás no pude más que recordar esa noche en Madrid y pensar de nuevo que este deporte es un lenguaje común y que no importa el ganador mientras siga siendo una razón para abrazarse.
Ana y Edgar

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