Al planear nuestro viaje a África, teníamos claro que nuestra entrada sería cruzando en ferry desde España. También teníamos claro que era imprescindible hacer una parada en Granada, último bastión musulmán y capital del Reino Nazarí. Es, sin duda, una de las ciudades más hermosas de España: no solo por la majestuosidad de la Alhambra, joya del legado islámico en Europa, sino por la energía que respira. Desde el laberinto blanco del Albaicín hasta las cuevas del Sacromonte, donde hoy convive una mezcla fascinante de culturas, pasando por el Realejo judío y la herencia católica. Granada es un contraste humano y arquitectónico único y un crisol perfecto para inspirarse antes de cruzar el Mediterráneo.
Nos despertamos en Granada tras un largo viaje en bus desde Madrid. No era nuestro plan original: íbamos a tomar el tren, pero un accidente cerca de Adamuz en la provincia de Córdoba dejó más de 40 muertos y generó la cancelación de todos los trenes en esa dirección. Era el mismo tren que íbamos a tomar un día después. Solo pensarlo pone los pelos de punta.
En nuestro primer día, decidimos salir temprano a recorrer el Albaicín y el Sacromonte. De nuestros 3 días planeados en Granada era el único que iba a estar soleado. Queríamos iniciar el recorrido subiendo a la abadía del Sacromonte. Más que el destino final, personalmente me intrigaba ver el estado de las cuevas donde alguna vez tuve la oportunidad de disfrutar un tablao flamenco maravilloso. En dicha ocasión, una de las cantaoras venía de sufrir una ruptura amorosa y expresaba en voz alta al guitarrista lo dolorosa que estaba siendo esta situación para ella. El guitarrista la animó a desahogarse y a convertir su lamento en cantes que salieran con fuerza de su garganta y así lo hizo. Lo que siguió ha sido una de las interpretaciones más emocionantes que he oído en mi vida y que no olvidaré nunca.
Al subir por las primeras calles blancas, sentir los aromas de jazmín y ver los olivos, nos sentimos inmensamente conmovidos. En cada rincón de estas calles habitan siglos de historia árabe. Sus zócalos de azulejo, los arabescos en las puertas, la filigrana y los detalles de la decoración evocan tiempos de oro de una ciudad que fue la última capital musulmana en la península ibérica. Nos llamó la atención que muchas de sus casas y propiedades tienen como nombre «carmen de» y algún apellido de la zona: “carmen de la iglesia, o carmen del puente”. La expresión «carmen de» es una expresión traducida fonéticamente del árabe karm, el viñedo o el cultivo de… herencia de una época donde al interior de cada propiedad se quería construir un pequeño paraíso con viñas, palmeras y olivos.
Completamos nuestra primera hora de recorrido y emprendimos la subida final al pico del Sacromonte por unas escaleras de cemento en las que distraídos contemplábamos los bloques de color rojo, verde, negro y blanco que a distancia permiten dibujar la bandera de Palestina y con ella una sensación de apoyo a esa región, presente en toda Granada. Cerca de nosotros pasó un chico de tez morena, ojos negros, pelo largo que, dado el contexto, correspondía perfectamente al imaginario de un chico gitano. Nos saludamos amablemente, pero él subía rápido, seguramente por la costumbre de transitar esa colina con frecuencia. Seguimos a nuestro ritmo, entre la mirada curiosa y el desenfado del visitante, y empezamos a ver las primeras cuevas.
La historia de las cuevas del Sacromonte es fascinante. Se dice que después de la expulsión de judíos y musulmanes de Granada en 1492, muchos de sus habitantes de esos orígenes empezaron a cavar cuevas en la montaña buscando un refugio rápido y seguro. Los gitanos, que llegaron más o menos por la misma época y, al ser también un grupo marginado, buscaron ubicarse en la misma zona dando lugar a una muy interesante mezcla de culturas. Desde el siglo XV el Sacromonte se empezó a reconocer como barrio de Granada, en el que no solo han habitado árabes y gitanos, sino también comunidades africanas liberadas de la esclavitud que encontraron allí su resguardo.
En el recorrido y dispersas a distintas alturas de la montaña, es posible encontrarse cuevas de todo tipo: desde lugares de habitación rústicos con pisos y paredes de tierra pisada y estructuras muy rudimentarias, hasta cuevas con trabajo de albañilería y obra blanca con pisos en cerámica y puertas blindadas. Algunas de ellas se han convertido en negocios como restaurantes o tablaos flamencos orientados a los turistas.
A pocos metros de llegar al pico del Sacromonte, coronado por una capilla y destino de esta parte de la caminata, nos detuvimos unos minutos a contemplar la espectacular vista desde un pequeño mirador improvisado que alguien se había tomado la molestia de construir. Podíamos apreciar todo el barrio del Albaicín y veíamos la majestuosidad de la Sierra Nevada que, con un manto blanco, arropaba todo el paisaje.
Tras unos minutos de observación silenciosa lanzamos una expresión en voz alta que admiraba la vista, la cual fue respondida por otra voz a nuestra espalda. Era el chico con quien nos habíamos cruzado escaleras abajo que se sumaba a nuestra maravillada impresión de la vista, respondiendo con un elocuente: “ Y es aún más hermosa desde aquí”. Estaba sentado en el patio de una de las cuevas fumando. Le preguntamos si era su casa, asintió y nos propuso pasar a conocerla. No lo dudamos. Siempre había querido entrar en alguna y ver cómo eran las construcciones.
Sentí un acento en sus palabras y le pregunté su nombre y de dónde era. Se llamaba Mohamed y hacía 2 años había llegado a Granada, luego de haber salido hace 8 años de Siria huyendo de la guerra. Intercambiamos algunas palabras en árabe contándole mi origen libanés, lo cual inmediatamente restó cualquier posible tensión al ambiente. Me sorprendió mucho lo fuerte que es compartir un idioma o un origen similar con alguien a quien acabas de conocer. Mohamed y yo tenemos probablemente las vidas más distantes que se puedan tener, pero intercambiar algunas palabras fue suficiente para sentirnos cercanos y amigos.
Nos ofreció un café árabe, el cual aceptamos con gusto y mientras lo preparaba empezó a contarnos cómo había llegado a la cueva. Le había pagado 3000 euros a un senegalés que habitaba en ella para que se la dejara. Me intrigaba saber cómo funcionaba la propiedad y me dijo que se trataba de un acuerdo de palabra. Básicamente funciona porque todo el mundo actúa de forma similar en el Sacromonte, y esa es la ética que prima y que hace que las cuevas puedan pasar de unas manos a otras.
Nos mostró su cuarto, la sala, la chimenea, la idea de cocina y los materiales que con sus manos empleará para hacerla. La verdad, se veía como una pequeña casa con todo lo necesario. Una vez el café estuvo listo con su característico olor a cardamomo, nos sentamos en el patio a conversar. Mohamed nos contó que había huído de la guerra en Siria solo. Le habían matado 2 hermanos y una hermana. Decidió caminar hasta Turquía, único país en el que pagó para cruzar la frontera, continuó por Grecia, Albania, Croacia, Italia y Francia hasta llegar a España e instalarse en Granada, donde encontró su hogar. Nos enseñó sin reparo sus heridas en el cuerpo, 8 impactos de bala que recibió un año antes de emprender su viaje y que seguramente, luego de sobrevivir 1 mes en coma, fueron su motivación más fuerte para hacerlo. Las cicatrices que nos mostró en sus brazos y una evidente pérdida de movilidad de su mano derecha estarán ahí siempre para recordárselo, pero no hay en su historia un solo acento de lástima, Mohamed muestra sus heridas para enseñar quién es y de dónde viene y de la misma manera muestra su sonrisa, su generosidad y habla con entusiasmo de su vida en la cueva y los proyectos de mejoras que hará en ella.
Luego del café, se ofreció a ser nuestro guía por otras cuevas y presentarnos a sus vecinos, una comunidad diversa y solidaria que han creado. Pasamos por cuevas habitadas por gitanos, senegaleses, una madre soltera argentina que lidera una escuela para niños del lugar y que recibe entre 5 y 25 niños por día, y una mujer argelina con un restaurante sencillo que ofrece un único plato del día, amenizado en algunas ocasiones por sesiones de música con artistas locales.
Al terminar el recorrido entre vecinos de Sacromonte, Mohamed nos ofreció de comer siguiendo al pie de la letra la inmensa hospitalidad que caracteriza al pueblo árabe. Mohamed no tenía mucho, pero se le veía dispuesto a compartirlo todo. No aceptamos, decidimos despedirnos y seguir nuestro camino. Para decir adiós nos abrazamos como si nos conociéramos de toda una vida. El resto de nuestra caminata por el Albaicín tuvo como eje de conversación a Mohamed: su bondad, su hospitalidad y su optimismo por la vida. De este encuentro, furtivo y mágico, queda el gusto a cardamomo, una foto entrañable que atesoraremos por mucho tiempo, y el recuerdo de la felicidad que los ojos de este muchacho, en las escaleras un extraño y ahora un amigo, irradiaban al mostrarnos su cueva. Finalmente un hogar que él ha labrado con sus propias manos.
Edgar y Ana.

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