Kenia ya nos había ofrecido todo su esplendor natural, un contacto sincero y profundo con la comunidad Masai adentrados en el espíritu del bosque y, aunque más turístico y menos afín a nuestros propósitos, los días de safari en carro, que nos permitieron conocer un entorno que de otro modo no hubiéramos visitado. Pero de vuelta a Nairobi, al caos, a las calles sin aceras y sin posibilidad de caminarlas, sentíamos con esta ciudad una deuda, la de no haber conectado con su música y su arte.
Esta vez la casualidad no nos llevó a ningún lado, así que tuvimos que salir a su encuentro y luego de varias búsquedas, investigaciones y preguntas, encontramos un taller que prometía una tarde de experiencia con los ritmos y tambores africanos, guiado por un colectivo de maestros jóvenes. El lugar de encuentro era una casa comunitaria ubicada en el barrio Kibera, una palabra en nubi que significa ‘bosque’ o ‘jungla’ y da nombre al mayor asentamiento marginal del país con casi un millón de personas que a diario le ponen el pecho a la carencia, la falta de servicios públicos y de estado.
Kibera, como cualquier fabela del mundo, representa todo lo que la ciudad no quiere mirar, ese lugar al que se le da la espalda y se le tacha de insegura, agresiva y sucia, por encima de los índices reales, creando una excusa para invisibilizarla. Y es de ahí de ese estigma, de esa mirada ciega, que los chicos del colectivo KICA sacaron su fuerza para comenzar su historia.
En la puerta del Kibera Creative Arts – KICA, tuvimos la primera muestra de la resiliencia que se requiere para hacerle frente a tantas adversidades y como siempre el humor sale al rescate. Nuestro anfitrión de nombre Philippe se presentó como flexible y nos invitó a recorrer el edificio a medio terminar, en el que ladrillos al aire comparten con obras de arte y es la sede donde funcionan desde hace un par de años. Al subir las escalas, nos dimos cuenta que su sobrenombre obedecía a una discapacidad de movimiento en su pierna de la que no supimos la causa, pero que en vez de lamentar convirtió en su marca personal desterrando cualquier posibilidad de lástima.

Cinco personas más del colectivo se unieron a nosotros en la terraza y frente a tambores hechos con canecas recicladas y cuero templado paseamos juntos el país, a través de ritmos distintos que nos iban explicando al lado de letras de canciones en diversas lenguas nativas y sus significados. Ellos mismos son una muestra de la maravillosa convivencia de orígenes y creencias distintas que encontraron una manera armónica de construir Kenia. Cada uno pertenece a un pueblo distinto, pero crearon un círculo respetuoso, que sentimos en casi todo el país, que les permite vivir en equilibrio con distintas tradiciones y creencias. Ellos mismos nos contaban que era normal oír a alguien que responde amén a un rezo musulmán, se echa la bendición al entrar a la mezquita, y dicen que pertenencen a una nueva línea religiosa que reune ambas prácticas: el Crislam Todos recibieron ademas de su nombre inglés, un nombre africano que les hace recordar de dónde vienen y honrar su ancestros, y para hacernos parte de esta comunión nos dieron los nuestros: Aisha y Luceno. El amor y la alegría.
Lo que serían dos horas de taller pactadas se convirtió en una tarde entera de intercambiar no solo la música, sino el espíritu. Tocamos, cantamos, bailamos, nos vestimos con algunos accesorios tradicionales y al llegar el momento de compartir impresiones, Erick, uno fundadores del colectivo, nos dedicó sus versos improvisados correspondiendo a la fraternidad y buena energía que le manifestamos. Terminamos invitados a comer en una mesa donde se comparte lo que se tiene y se cocina para más de doscientos niños y jóvenes que encontraron en este espacio una alternativa a la dureza del entorno. Sanaa ni Kioo Cha Jamii – El arte es un espejo de la sociedad. El colectivo nació con ese propósito, el de poner el arte al servicio del alma. Son estrictos en las clases y los escasos espacios se dividen entre horas de oficina y aulas de pintura, instrumentos, producción musical y danza, pero en lo que son más estrictos es en su motivación de extender por unas horas la infancia de estos niños a los que las calles obligan a ser adultos desde tan pequeños, y mostrarles que desarrollar un talento, aunque no lleguen a ser profesionales, es una manera alternativa de habitar el mundo. Una que responde a la agresión con una sonrisa.
Aparece de nuevo esa pregunta por pertenecer, por sabernos contenidos en algo más fuerte y más grande. Los seres humanos, casi en su totalidad, tenemos esa necesidad social de juntarnos, de encontrarnos en nuestros propósitos, de descubrir, crear y resonar juntos. Eso es lo que nos sostiene y lo que en este momento la inteligencia artificial amenaza con poner en jaque. Con la promesa de crear un mundo más productivo, más rápido, más eficaz, nos pide restar tiempo a las conversaciones profundas y las interacciones reales. Nos convence del valor del resultado, dejando de lado lo sublime del proceso, del error, de la corrección mutua, del aprendizaje en conjunto, del tiempo que toda creación, más si es colectiva, tarda.

La terraza de KICA, la vista al barrio de casas abarrotadas y desbordantes de vida que reclaman su derecho a ser vividas, nos sirvió para recordarlo. Esa tarde no fuimos solo asistentes, en un momento fuimos aprendices, en otro público de las muestras con las que sueñan recorrer el mundo, en otro nos invitaron a un ensayo de jazz que convirtieron por nuestra presencia en un jam improvisado y al pasarme el micrófono y dejar que mi voz acompañara con la melodía que ese momento me inspiraba, me incluyeron en una cofradía instantánea. Fuimos estudiantes, intérpretes, espectadores, pero por encima de todo eso y por casi seis horas, fuimos parte.
Edgar y Ana

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