Karibu

Después de la solemnidad de Marruecos, llegar a Kenia fue refrescante. Las primeras impresiones fueron muy familiares: las calles de Nairobi se parecen mucho a las de cualquier ciudad de tierra caliente en Colombia. Se ven algo caóticas, con vendedores ambulantes, acróbatas de semáforo, música en todas las esquinas, colores, puestos de frutas y gente haciendo fila para el transporte público. Sin embargo, al llegar a nuestro primer hospedaje, comenzaron las advertencias de seguridad: “Pueden caminar de día, pero después de las seis de la tarde, incluso para cruzar una calle, tienen que tomar un Uber”. La alerta iba muy en serio y los locales nos insistían constantemente al respecto. Al agudizar nuestra mirada, nos dimos cuenta de que, a pesar de las similitudes, la realidad es distinta. Muchas personas viven en condiciones de extrema pobreza. Enormes barrios marginales rodean la ciudad y colindan con grandes propiedades de lujo y blindaje desenfrenados.  Esto nos dio un fuerte golpe de realidad mostrándonos una dimensión verdadera de África y cómo su pasado colonial y su dinámica aún extraccionista han dejado una desigualdad extrema, incluso en uno de los países con mayor grado de desarrollo y crecimiento como Kenia.

Con esta observación profunda pasamos los primeros días en Nairobi y nuestra mente se dispuso para el siguiente destino: Maji Moto, un campamento ecológico que prometía contacto auténtico con la cultura masái. Allí habíamos reservado una actividad que, como nos enteramos más tarde, muy pocos se atreven a hacer: un safari a pie. Esto significaba caminar entre 10 y 15 kilómetros diarios y dormir a la intemperie en medio del bosque.

Durante nuestra primera noche, nos ofrecieron la bienvenida clásica que brindan a todos los visitantes. Nos recibieron con el saludo de la tribu, luciendo sus atuendos tradicionales en los que prima el color rojo. Nos maravillaron con sus emblemáticos cánticos y saltos, y presenciamos la ceremonia en la que encienden una fogata frotando dos trozos de madera al estilo ancestral. Por lo general, toda esta muestra cultural se comprime en una sola velada, dado que la mayoría de los viajeros se quedan en el campamento por una noche haciendo una  escala rápida antes de seguir hacia el Masái Mara, el icónico parque natural famoso por sus safaris. Nosotros nos quedaríamos cinco días y esa decisión cambiaría por completo nuestra forma de conectar con ellos.

El día siguiente comenzó con el regalo de despertarnos viendo jirafas a lo lejos. Nuestro campamento estaba ubicado en la cima de una montaña con una vista impresionante hacia la enorme sabana, donde dos pequeños objetos amarillos sobresalían por encima de los arbustos. Para esa jornada, nuestro guía Ben (su nombre británico) tenía planeado visitar una aldea cercana, pero al notar nuestra emoción, decidió cambiar el rumbo y adentrarnos en la maleza para verlas de cerca. Durante la caminata la charla fluyó con total naturalidad. Él nos preguntaba por Colombia, y nosotros por su familia y su día a día. Nos explicó que todo el equipo del campamento está formado por jóvenes masáis de entre 20 y 30 años, una generación que ya tuvo acceso a educación escolar e incluso superior, a diferencia de sus padres. El contraste de Ben es fascinante: usa su celular como cualquiera de nosotros, es un ferviente seguidor de la Premier League y juega de mediocampista en el equipo local. Sin embargo, su profundo conocimiento de los animales y plantas, su arraigo cultural y su destreza con la lanza y el arco se mantienen absolutamente intactos.

Bienvenida Masai – Maji Moto, Kenia

Los siguientes tres días, nuestra caminata fue guiada por Ben y Mike, otro joven masái que se unió al recorrido. Mike caminaba sin soltar jamás su lanza. Domina menos el inglés, pero posee una lectura excepcional de la naturaleza. Con ellos nos sentimos en manos tan expertas que, a pesar de estar expuestos en plena sabana africana, no tuvimos ni un solo instante de miedo. Fueron jornadas de diálogo profundo y constante. Ben comprendió rápidamente nuestra genuina curiosidad por entender su cultura, y con una enorme generosidad nos abrió las puertas a su mundo: nos habló de su crianza, de los valores del pueblo masái y, de manera muy honesta, de esos aspectos que suelen chocar de frente con la visión de Occidente. Durante la charla, lo primero que Ben nos dejó claro es que los masáis son, ante todo, pastores. Su cuenta bancaria es móvil y se mide en cabezas de ganado, es decir, vacas, ovejas o cabras. Toda su economía gira en torno a eso. Es una sociedad polígama donde la mujer ocupa un rol que, a nuestros ojos, resulta sumamente difícil. Su función se relega a tener y cuidar los hijos, esperar el regreso del hombre al final de la jornada, asumir todas las labores domésticas y ser las únicas encargadas de construir las casas de barro donde habitan. Un hombre puede tener múltiples esposas, tantas como dotes pueda pagar, y cada una debe levantar su propia casa, una seguida de la otra. La regla es clara: en cada choza debe haber siempre comida preparada pues es el esposo quien decide, casi a última hora, bajo qué techo pasará la noche.

Aquel día, Ben nos llevó a conocer una aldea tradicional. Los locales lo recibieron con gran afecto y, gracias a él, enseguida nos hicieron sentir en casa. Una mama masái, que rondaría los 85 o 90 años, nos hizo el honor de invitarnos a entrar en su hogar. Una estrecha choza hecha de barro, con piso de tierra natural y dos camastros forrados en cuero de vaca. En el centro ardía un pequeño horno de leña donde preparan la comida. Acostumbrados a otra vida, el humo denso y la falta de ventilación hacían que respirar ahí dentro fuera todo un reto para nosotros. Al salir y tomar una bocanada de aire fresco, cobró sentido otro de los datos de Ben: los masáis viven el 90 % de su vida al aire libre. Para ellos, esas casas son, literalmente, un refugio seguro para dormir.

Ese segundo día recorrimos 15 kilómetros a pie antes de alcanzar nuestro destino: un rincón oculto en el bosque donde pasaríamos la noche. Mientras nosotros cuatro avanzábamos en medio de los árboles, un equipo de otros seis masáis se había adelantado para buscar el claro perfecto y levantar el campamento. Ignorábamos por completo que esta excursión requiriera semejante logística. Sin embargo, durante la caminata nos confesaron algo hermoso: organizar esto les apasionaba pues les permitía reconectar con sus raíces; nuestro safari les estaba dando la excusa perfecta para recordar el conocimiento del que son herederos y volver a lo natural. Nos explicaron que ellos no asistieron a la escuela tradicional de guerreros. Ese camino ancestral exige internarse en el monte al comenzar la adolescencia y vivir de la tierra durante siete años, sustituyendo el baño por ocre y grasa animal. De esa dura escuela salen los verdaderos líderes de la comunidad. Para ellos, el honor supremo siempre ha sido cazar a un león, y el guerrero que logra clavar la primera lanza se gana el respeto absoluto y el derecho a liderar el clan.

Fue entonces cuando notamos que Ben tenía varias marcas en el cuerpo y le preguntamos la razón de las mismas. Su respuesta nos dejó helados: desde los siete años, los niños masáis se provocan pequeñas quemaduras con fuego o cortes con cuchillos para forjar su tolerancia al dolor. Es su entrenamiento para el Emorata, el rito de la circuncisión en la adolescencia y su prueba definitiva de hombría. Si durante el procedimiento el joven llega a temblar, derramar una lágrima o emitir un quejido, trae una deshonra irreparable a su familia. Deben soportarlo con una estoicidad absoluta. Esas cicatrices de la infancia son, literalmente, la preparación necesaria para no fallar el día más importante de sus vidas.

Finalmente llegamos al campamento: un hermoso claro circular abrazado por árboles para ellos especiales y sagrados. En el centro, un impecable círculo de leña aguardaba para encender nuestra fogata nocturna. Antes de dar un paso más, Ben y Mike comenzaron a golpear la tierra rítmicamente con sus lanzas y nos indicaron que hiciéramos lo mismo con nuestros bordones. Estábamos pidiéndole permiso a la naturaleza para entrar al Olpul, el santuario en el bosque donde pasaríamos la noche. Durante los días de caminata le habíamos insistido a Ben en nuestro enorme deseo de ver elefantes. Aunque es común cruzarse con ellos en la zona, la suerte nos había sido esquiva. Pero a media tarde, justo después de instalarnos en el Olpul, Ben pegó un grito que nos exaltó: ¡habían avistado elefantes! Para alcanzarlos a tiempo necesitábamos transporte, así que corrimos hasta la trocha más cercana donde nos recogió un carro destartalado que se internó a toda velocidad por los caminos encharcados de la sabana, saltando de un lado a otro mientras Ben reía a carcajadas gritando: “¡Bush Car, bush car!”.

Al bajarnos, Ben y Mike empezaron a subir una colina a “ritmo masái”, lo que para nosotros significaba prácticamente trepar hasta quedar sin aliento. Y ahí estaban: Dos majestuosos elefantes africanos se abrían paso por la maleza, haciendo temblar y devorando todo a su paso. Fue un momento de profunda satisfacción compartida, el triunfo de haber cumplido nuestra meta. Los cuatro nos sentamos en silencio sobre unas rocas a contemplar cómo esos gigantes transitaban con lentitud. De fondo, el sol comenzaba a ocultarse y un arcoíris perfecto se dibujaba en el horizonte. Fue, literalmente, una escena de película.

Con esa imagen en nuestra retina y la emoción de haber visto nuestros primeros elefantes en África, regresamos al campamento. Al llegar vimos que a unos metros del fuego habían montado una mesa, asumiendo que, como turistas, querríamos cenar apartados de ellos. Por supuesto, la ignoramos por completo y arrastramos nuestras sillas directamente a la hoguera; compartir ese espacio era lo que realmente habíamos ido a buscar. Mientras el fuego se encendía, ellos charlaban en lengua maa y reían a carcajadas. Aunque no entendíamos las palabras, el buen humor era contagioso y Ben se aseguraba de traducir e incluirnos. En medio de las risas apareció una enorme pierna de cabra que fue directo a las brasas, fiel a la dieta masái basada casi exclusivamente en carne, leche, sangre y ugali (una masa densa de maíz). Fue una velada memorable, de pura camaradería. 

Al calor del fuego, la charla con Ben fluyó desde las tradiciones masáis hasta la hipermodernidad. Al preguntarle su opinión sobre la Inteligencia Artificial, me sorprendió  la profundidad con que abordaba el tema y la amplia información que tenía sobre el mismo. Claro, no debería haberme extrañado si consideramos que el desarrollo digital de Kenia es apabullante. Es uno de los países con mayor inclusión financiera del planeta. Incluso en la profundidad de la sabana la señal de Safaricom no falla y hasta el pago más insignificante se hace a través de M-Pesa, su billetera digital. De hecho, llevar efectivo resulta problemático ya que los pequeños comerciantes o conductores rara vez tienen cambio.

Esa noche bajo las estrellas me hizo ver una realidad más compleja. En Kenia, la tecnología no es el futuro, es su presente cotidiano. Sin embargo, hay un lado oscuro en este ecosistema: miles de jóvenes kenianos son contratados por salarios irrisorios para ser los «barrenderos» de la Inteligencia Artificial. Lo que en Occidente celebramos como la magia de la máquina esconde el desgaste mental de la generación más productiva y esperanzadora de un país, que deja de lado su potencial creativo para filtrar, leer y descartar la basura de internet y mantener limpios y “políticamente correctos” los grandes modelos de lenguaje. 

De vuelta al calor de nuestra fogata, Ben nos compartió algo inquietante: ya hay empresas tecnológicas proponiendo sistemas de “pastoreo inteligente y asistido” para los masáis. Su reflexión al respecto resonó con una duda que hoy asalta a gran parte del mundo: “Si dejamos de ser pastores, ¿qué seremos? ¿en qué nos convertiremos?”. Nos explicó que, en su cultura, el hacer moldea la mente y la mente moldea el hacer; su espíritu entero reside en esa acción continua. Separar la mente de la labor física es algo inconcebible para ellos, pues es en ese quehacer diario donde radica su conexión profunda con la naturaleza y con la vida misma.

Escucharlo bajo el cielo africano me hizo darme cuenta de que ese es el mismo temor que hoy paraliza a miles de personas en Occidente. El trabajo no es una simple rutina, es identidad. La promesa de la automatización amenaza con despojar a las personas de su oficio y, con ello, de su dignidad. Nos hemos dado cuenta de que el mensaje de fondo no es que la tecnología viene a liberarnos del esfuerzo, sino una advertencia mucho más severa: nos venden el miedo de que, si no aprendemos a usar estas herramientas, quedaremos obsoletos, marginados del sistema productivo y excluidos de la sociedad. ¿No deberían estar las herramientas al servicio de los seres humanos? Porque, en este preciso momento, se siente lo contrario.

Nos dieron casi las 11 de la noche inmersos en esa charla sobre el futuro y el pasado, interactuando de vez en cuando con el resto del grupo que, entre risas más mundanas, seguía disfrutando del asado y el fuego. Cuando las primeras gotas de lluvia comenzaron a caer, nos retiramos a nuestra carpa. A diferencia de las comodidades del primer campamento, este era un refugio rústico, evocando la esencia pura de los primeros safaris: apenas una carpa pequeña, un aislante en el suelo y cobijas de lana espesa. Fue una noche larga de sueño esquivo. 

De madrugada, la tensión se disparó al escuchar un sonido animal profundo e intenso a muy pocos pasos de nosotros. Congelados, no nos atrevimos a asomarnos; solo escuchábamos a nuestros guías masáis moverse con urgencia, hacer ruidos disuasorios y avivar las llamas de la fogata. Al amanecer nos explicaron que el olor a carne había atraído a una hiena que nos rondaba en la oscuridad y tuvieron que espantarla, porque ellas nunca comen solas. Para ellos, no fue más que una anécdota rutinaria que también generó risas al desayuno. Nos explicaron que, de nuestros ocho acompañantes, siempre hubo cuatro despiertos haciendo turnos de relevo cada cuatro horas. Es su regla sagrada en el bosque: la mitad descansa mientras la otra mitad hace guardia, en una vigilia que combinan con observación pura y oraciones a la naturaleza.

Ese último día caminamos otros 10 kilómetros de regreso a nuestro campamento base en las colinas de Loita. Nuestro safari a pie junto a los masáis había llegado a su fin. Nos invadió una profunda nostalgia, pero sobre todo, una inmensa gratitud, con Karibu asana en nuestro corazón, por lo vivido. Al despedirnos y abrazar a estos chicos con los que compartimos tres días tan intensos, mi mente no dejaba de dar vueltas. ¿Qué es la inteligencia? ¿Por qué estas voces, poseedoras de una sabiduría tan absoluta sobre la naturaleza, son sistemáticamente ignoradas? El cambio climático está golpeando a África sin piedad, amenazando su fauna, su flora y empujando a sus etnias fuera de los territorios que históricamente han protegido.

Resulta irónico y doloroso: la verdadera IA, la Inteligencia Ancestral, está siendo silenciada bajo una promesa de desarrollo que nunca llega y que, a través de un enfoque puramente extractivista, sigue devorando lo poco que nos queda. Solo me queda la esperanza de que, con el tiempo, la Inteligencia Artificial, una realidad que ya es imposible de revertir, logre trascender los meros intereses corporativos. Que su verdadero propósito sea generar bienestar. Que se convierta en una inteligencia diversa, capaz de nutrirse de otras sabidurías ancestrales para proteger la existencia de los masáis y de miles de culturas alrededor del mundo; una tecnología que busque genuinamente el progreso de la humanidad, en lugar de seguir concentrando la riqueza y el poder en las manos de unos pocos.

Edgar y Ana M.

Deja un comentario