A unas horas de dejar Marruecos y luego de haber pasado un mes recorriéndolo, conociendo distintas ciudades, pueblos alejados, visitando uno de los sitios naturales más emblemáticos del mundo, el desierto del Sahara, interactuando con su gente y observando su diversidad, surge la necesidad de encontrar una palabra que encapsule la experiencia; una palabra capaz de apresar lo vivido y convertirse en un mantra que al invocar, vuelva sobre los recuerdos y los aprendizajes. Un ejercicio de écfrasis que permita tocar las reflexiones que este país despierta: la pausa, la experimentación del proceso, el sentido profundo de comunidad, sin caer en la trampa de romantizar sus también existentes carencias, esas mismas que, más allá de nuestra mirada externa, nos fueron narradas desde dentro, a través de las historias propias de varios de los nuevos amigos que hicimos en el camino.
La primera expresión que llega a la mente y que es seguramente la más común cuando se sale del terreno conocido y se viaja con la intención clara de observar es asombro. Asombro por lo distinto, lo nuevo, lo que admira y también por lo que repele. Un asombro que permite llenarse los ojos de colores distintos, respirar los cientos de aromas hasta lograr diferenciarlos, descifrar los nuevos códigos, conocer costumbres e inevitablemente compararlas con las propias, para sentir empatía o agradecimiento por estar de paso. Ese asombro, que es un motor para descubrir cosas no tan obvias, nos llevó a una exposición: Lumiere d´Afriques en la que un artista plástico de cada país del continente, expresaba con su obra la problemática energética que en mayor o menor medida viven las 54 naciones, dejando ver que el extraccionismo sigue aún presente y que a pesar de la distancia que nos separa geográficamente tenemos, como pueblos, más en común de lo que nos han enseñado a admitir.
Si preguntamos a los fessi por una palabra para definir su ciudad, como de hecho lo hicimos, dirían que la que mejor define a Fes es: Espiritual. Y es que su mezquita principal, el mausoleo de uno de los profetas y la medersa o escuela de estudio islámico, que se levantan en su medina, son estaciones obligadas para cumplir con el precepto de visitar la Meca una vez en la vida. Al tener conversaciones, con nuestro guía, el chofer del taxi que nos llevó hasta un hamman, los chicos del café en el que frecuentemente nos refugiamos del estruendo de esta ciudad efervescente sobre cómo se vive esta espiritualidad, todos convergieron a una serie de normas y descripciones de comportamiento. Deberes, obligaciones y reglas de vida que hacen pensar más en religiosidad que en una mirada hacia el espíritu. Pero el viaje también se trata de eso, de experimentar ese ejercicio necesario y difícil de escuchar al otro sin juzgar, sin contradecir, entendiendo que el mundo no es estandarizable y que la vivencia del otro es no solo respetable, sino digna de admiración si queremos conservar la profundidad que nos define como seres humanos. La belleza nace especialmente de lo que no se parece.

Otra de las reflexiones que deja observar desde el respeto y la admiración, la sociedad a la que nos fue posible acceder, es sobre la generosidad. Viniendo de un país como Colombia, en donde los primeros encuentros con algún desconocido están mediados por el temor con una razón clara y válida que es nuestra historia de violencia, que la gente se te acerque en la calle, te salude, te sonría hace que necesariamente se sienta que hay algo distinto, que existe un relacionamiento desprevenido que lamentablemente sorprende y es bellísimo de sentir. Esta generosidad no está definida por actos inmensos sino por pequeños gestos que en nuestra realidad nos son frecuentes. Entrar a algún restaurante y expresar en voz alta lo delicioso del aroma y que la mesera detrás del mostrador sirva un poco de la esencia de naranja sólo para que pudiéramos percibir el olor de cerca. Que el dueño de un cafetín al saber nuestro origen y que nos gustó el expreso, nos invite a su cocina para ver el paquete con los granos o que sentados en la muralla de Esauira mientras Edgar intentaba descifrar cómo interpretar sus recién compradas qarqabas, castañuelas de la música gnawa, un chico se ofreciera de profesor espontáneo y nos explicara el ritmo. Una tarde descansando de una larga caminata en la mesita improvisada de un vendedor de té, éste me indicó que dejara los vasitos y las botellas plásticas ahí encima para botarlos luego. Al poner todo en la mesa, el viento hizo que se cayeran una y otra vez y yo me pasé algunos minutos encontrando la forma de que no terminaran en el suelo. Al levantarme y dar la vuelta me di cuenta de que una señora bastante mayor, vestida con chilaba y envuelta su velo, llevaba un rato mirándome y al encontrarme con sus ojos soltó una carcajada y nos reímos juntas. Al acercarme la señora se me abalanzó, me agarró la cara entre sus manos y me dio un beso en la frente mientras me repetía: shukran, shukram, gracias, gracias, y en palabras que desifré luego me dijo que era una buena persona y me echó lo equivalente a la bendición. No todos los momentos son fotografíables, a algunos simplemente se les desvanece la magía si se saca el celular, pero de este momento conservo una fotografía mental que me hará recordar la belleza que encierra la cercanía entre los seres humanos y la bondad de los gestos auténticos.
La generosidad de los maalen, maestros de la música gnawa, merece un relato aparte. Intérpretes, luthiers y transmisores de su tradición, que trabajan en modestos talleres con las puertas abiertas. Todos, sin excepción, al leer nuestro profundo interés por la música nos narraron sus historias, improvisaron toques, nos compartieron sus sillas y su té. Uno de ellos al oír que con voz tímida yo intentaba seguirlo, se volteó y pronunció la letra de su canción lo más claro que pudo, invitándome a seguirlo. El maestro Hassan Laroussi, uno de los más legendarios intérpretes, se las arregló para crear con una caja de cassettes, unos cuantos clavos y cinta pegante, un instrumento percutivo para que lo acompañáramos mientras él tocaba su gembri. Ninguno de ellos, ya bastante mayores, toca en espacios abiertos o participa de los festivales, pero tienen claro que la mejor manera de honrar su música es compartiéndola y que no hay forma más maravillosa de crear momentos en los que la que habla es el alma.
Los oficios y la cooperación también gozan de un significado distinto y si se quiere más profundo en este país. No es solo que los artesanos se definen a través de lo que hacen, sino que construyen relaciones comunitarias en las que pueblos enteros se entregan a la misma labor y por medio de ella se dignifican y se sostienen juntos. Hay cooperativas de tejedores, orfebres, ebanistas, cosechadores de argan, productores de azafrán. Incluso en un pueblo cerca de la entrada del desierto, las 350 familias que lo conforman viven de la alfarería en un ejercicio sincronizado de labores y responsabilidades. Unos extraen la arcilla, otros moldean las piezas, mientras sus compañeros las hornean. Las mujeres las decoran y ellos mismos hacen el recorrido y atienden a los turistas a la espera de que todos, maravillados por el proceso, nos llevemos alguna pieza. Es verdad que a nuestros ojos se trabaja en condiciones de precariedad, que el concepto de seguridad industrial no existe y que pasan el día en medio del calor y el polvo. Pero también es cierto que son parte de algo, que pertenecen y que su trabajo les permite experimentar uno de los sentimientos más importantes para cualquier ser humano: propósito
Marruecos sería un país distinto si no estuviera construido sobre sus tradiciones, que, como raíces profundas, son los pilares de todo lo que sucede actualmente con sus virtudes y sus complejidades. La tradición es la que hace que incluso en Marrakech o Casablanca, su capital financiera, la desgastada grabación de la mezquita se oiga 5 veces al día para llamar a la oración o la que establece que su actividad económica se acople al tiempo de Ramadán. Es la que lleva a hombres y mujeres a usar chilaba, una prenda milenaria considerada nivelador social. La tradición mantiene viva la música andalusí, chaabi, gnawa. Ritmos como el guedra, el rokba, las ceremonias de trance o lilas y por medio de ellas hablan de los diversos pueblos que componen el país y conviven juntos. Claro, las nuevas generaciones reclaman a gritos las libertades que no hacen parte de su crianza: que se les permita pensar distinto, que puedan decidir su futuro, que se suciten cambios que les dejen construir una sociedad más igualitaria que desdibuje el machismo aún omnipresente, que no haya que obedecer a los abuelos por el solo hecho de que son mayores e incluso que puedan cuestionarse su creencia. Pero incluso ellos se sienten orgullosos de sus manifestaciones culturales, saben que conservarlas es invaluable y esperan que los cambios puedan darse sin tener que renunciar a todo lo que convierte en un lugar único en el mundo. Y aun con dudas de fe y sin querer repetir los patrones de generaciones anteriores, sus deseos más profundos terminan manifestados en una palabra que puede resumir su universo: Inshalllah (Ojalá. Cruzamos juntos los dedos para que allah quiera).
Ana y Edgar

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